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Relatos
tan espantosos como este extracto narrado por Sven
Hassel, soldado alemán durante la Segunda Guerra
Mundial, fueron los que hasta entonces habían
llegado a mis manos descubriéndome la otra cara de un
mundo que nada tenía que ver con las experiencias de
mi infancia; llena de cariño, ausente de necesidades y
de otro espacio en mi ingenua imaginación que no fuera
el de historias fantásticas, películas de Hollywood
con final feliz y aventuras de plástico y cartón
piedra.
Impresionado
por sus
novelas, no sólo empecé a tener cierta conciencia del
sufrimiento de seres anónimos que viven sus vidas
sencillas y que de pronto se encuentran invadidos por
el horror, también del que esclaviza a los soldados y
de los extremismos a que puede llegar el ser humano:
“El teniente
Gilbert anduvo varios kilómetros aguantándose los
intestinos con las manos; el Oberschütze Zobel cruzó
la tierra de nadie arrastrándose, a pesar de que tenía
una cadera hecha papilla. El zapador Blaske llegó
cojeando a la enfermería, con media cara arrancada y
una pierna molida… El sargento se arrastró hasta la
tienda del cirujano con los dos pies atados al cuello
mediante un cordel… ¡pensando que quizá se los podría
coser!… Y el abanderado West, hijo de un general,
estuvo tres días entre las líneas, ensartado en
bayonetas verticales y saliéndole los pulmones por la
espalda. Porta y yo lo recogimos, y aún vivió cuatro
días más…” (Sven Hassel, Los vi morir).
Las guerras que
imaginábamos en nuestros juegos infantiles —años
50—,
las que nos presentaban comics y películas, ignoraban
tales crudezas, eran otras guerras. De armas con las
que se disparaba al enemigo y punto. Un disparo, un
muerto o un herido que se identificaba por el hilillo de
sangre que surgía del redondo agujero producido por la
bala... No obstante, a pesar
de ese terrorífico semblante de las guerras verdaderas
que iba descubriendo, se trataba de eso, de
la guerra: ‘la lucha contra el enemigo, la
defensa de la patria, de la tierra’... Por muy infame
que pudiera parecer, tal horror tenía ese matiz;
inaceptable en cualquier caso pero, de alguna manera,
justificador ante la mente que, casi desesperada,
busca un pretexto para tratar de asimilar tal
abominación. El sufrimiento extremo, así, apareció en
la incipiente conciencia de mi pubertad e intentó
refugiarse en la excusa de la guerra.
Pero, como decía
al principio, hasta entonces…
Hasta aquel día,
pocos años más tarde, en que mis aventuras juveniles,
recorriendo el país en auto-stop y en condiciones muy
precarias, me obligaron como en otras ocasiones a
pasar cierta noche al raso. Quiso la casualidad que
intentará refugiarme del frío en un portal a cuyo lado
se había depositado un gran paquete de revistas para
ser recogidas por el servicio de limpieza y que
constituyeron mi entretenimiento nocturno a la
oportuna luz de una farola cercana. No olvido aquella
noche… Era el verano del 78, Argentina celebraba el
Mundial de Fútbol bajo la dictadura de Jorge Rafael
Videla y las torturas a los disidentes. Cierto
periodista, haciéndose pasar por comentarista
deportivo, logró ganarse la confianza de militares
corruptos y realizar el espeluznante reportaje de
investigación que llegó a mis manos en una de aquellas
publicaciones:
“Padre
e hija fueron secuestrados y encerrados en dos
habitaciones contiguas. Desde la suya, el padre pudo
oír los gritos de la hija violada repetidas veces por
guardianes y torturadores… Finalmente, el padre fue
llevado a la misma habitación donde ella se
encontraba; y ante su presencia, los verdugos
introducían ratones en la vagina de la chica
destrozándole las entrañas entre aullidos de dolor…”
El concepto de
‘cualidad humana’ que sobrevivió a los espantosos
relatos de la guerra verdadera ya
no tenía coartada desde el instante en que este
párrafo alcanzó mi conciencia rompiendo
estrepitosamente los restos de inocencia, candor,
ingenuidad exultante ante la vida y la condición
especial de quienes nos creemos los seres superiores,
el milagro de la naturaleza, la proyección divina… El
alma caía al barro, al cieno maloliente, al pozo más
nauseabundo que hubiera podido imaginar.
Más de treinta años
después sigo oyendo esos gritos; conmoviéndome,
inevitablemente alterándome la paz interna,
humedeciéndome los ojos, conteniendo rabia,
indignación… —gestos inútiles,
desesperadamente inútiles—, interrogándome sobre ese
sufrimiento.
Y por todos esos
otros sufrimientos que viven entre nosotros, paralelamente a
prósperas y acomodadas existencias y tras numerosas
actividades legales e ilegales. La trata de
mujeres, el abuso y comercio de niños, las leyes
irracionales que en pleno siglo XXI
persisten en algunos países: amputaciones,
lapidaciones… Y en la trastienda de esta vida moderna,
las torturas sistemáticas por sicarios, ejecutándose
como trabajos rutinarios a quienes no se
atienen a las imposiciones de las mafias de todo tipo que, tal como las ratas en nuestro alcantarillado
urbano, viven y se desarrollan casi impunemente bajo
las complejas estructuras de nuestra flamante
civilización.
Tras volver la
mirada durante unos instantes hacía estos pozos de
inmundicia que el ser humano todavía sigue creando, a
esta crueldad que sobrevive en la naturaleza humana,
uno se pregunta si es posible seguir manteniendo la
esperanza en una especie, un proyecto, que parece
tener un defecto de fábrica casi quimérico de
solucionar, una aspiración en la que su propio creador
fracasó. |
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Fracaso
que ya se manifestó al poco de la existencia del ser
humano y que se tradujo en su expulsión de aquel
hermoso jardín en el que ingenua e ilusamente había
sido alojado. Desengaño que volvió a hacerse luego tan
evidente como para que Dios decidiera su exterminación
mayoritaria con un diluvio universal; y
exterminaciones posteriores, como la destrucción de
Sodoma y Gomorra; o un selectivo aislamiento,
programado como intento de reconducción de su
condición en el largo, y alargado, camino por el
desierto hacía cierta tierra escogida… Fracaso que
nuevamente se hizo patente en lo que parece ser la
última tentativa de Dios en la recuperación del
proyecto, el mensaje ejemplarizador escrito con el
sufrimiento y la sangre de un enviado especial: su
propio hijo.
Desde
entonces, este proyecto humano parece haber sido
abandonado definitivamente a su suerte. Con el único
recurso de una historia salpicada de vez en cuando por
el impulso revolucionario y motivador de algún mártir
que nos muestra, con singular existencia y actitud, la
otra cara de esta misteriosa moneda que es la vida
humana, la capacidad de luchar y sufrir sin perder la
fe y el espíritu de superación.
Pero el
sufrimiento también camina solapado a nuestra
existencia más normal y natural. Y aparece con las
enfermedades, las angustias de la vida, los accidentes
y las catástrofes… Un científico podría decirnos que
el sufrimiento es en realidad un mecanismo de
supervivencia para el ser humano. Sin el espoleo del
dolor y el temor no se desarrollarían las capacidades,
herramientas o estrategias protectoras que garantizan
la resistencia de la especie permitiéndonos superar
numerosos obstáculos en todos los frentes de esta
obstinada batalla que es vivir. Y así parece que hay
que aceptarlo. Pero cuando este caro mecanismo de
supervivencia, la facultad de sufrir,
se transforma en instrumento cruel y oportuno para la
imposición de voluntades, abusos y disfrutes egoístas,
entonces el sufrimiento se convierte en otra cosa. En
una deuda que empieza a emitirse desde el primer
lamento y a alcanzar pagadores cuando, en cualquier
forma o medio, esos lamentos llegan a nuestra
conciencia. En un enigma que no va a resultar gratuito
ni a los más ajenos, en un misterioso entresijo que
devuelve a la humanidad un saldo pendiente convertido
en fuerzas irreprimibles. |
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De nada sirvieron a
sus torturadores las vidas sacrificadas de los
cristianos quemados y arrojados a espectáculos
sanguinarios entre fieras; su religión se ha
extendido por todo el mundo con un poder e influencia
casi inimaginables por aquellos acérrimos defensores.
Niños y viejos,
inválidos con sus sillas de ruedas incluidas, mujeres
amamantando a bebés, amedrentados y conducidos por
perros amaestrados, eran arrojados vivos y sin
contemplaciones a inmensas hogueras en los campos de
concentración nazis, mientras otros miles de judíos
morían desesperados en las cámaras de gas; y apenas
unos años después nacía el estado de Israel.
Alrededor de
cincuenta millones de africanos fueron sacados de sus
tierras, separados de sus familias, encadenados,
abusados, vendidos y explotados durante generaciones
en diversos países del mundo, especialmente en Estados
Unidos. Tragedia humana que reflejaba y denunciaba la
novela de Harriet Beecher: La cabaña de tío Tom.
Que fue el libro más vendido durante el siglo XIX,
después de La Biblia, y era muy popular en las
librerías del siglo XX y durante mi infancia. Hoy,
miles de descendientes de aquellos africanos
arrancados de su tierra asisten a universidades,
ocupan numerosos puestos relevantes en la sociedad
americana: médicos, profesores, abogados,
investigadores, deportistas, políticos… Y un
representante de la raza más sometida en toda la
historia de la humanidad preside la nación más
poderosa del planeta. La cabaña de tío Tom hoy es La
Casa Blanca.
Probablemente de quienes ahora, en estos instantes,
sufren las persecuciones y atrocidades que aún anidan
en el espíritu humano, en el silencio de sus vidas
anónimas y al amparo de nuestra consciente o ignorante
complicidad, ni sus lágrimas ni su sangre caen en el
vacío; están escribiendo el futuro que quizá no
podemos imaginar. |