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Últimamente sueño bastante con mi padre. Se trata de sueños en los que nos encontramos como charlando agradablemente. Frecuentemente él aparece en la escena con indumentaria deportiva y elegante; y aunque siempre cuidaba muy bien la presencia antes de salir a la calle, me llama la atención que se me presente vestido tan de sport. A veces todo de blanco, pareciendo el potentado propietario de un yate atracado en el puerto de la ciudad durante uno de estos días de tiempo veraniego que ya vamos teniendo. Como si, haciendo una travesía de placer, hubiera parado un rato a visitarme. Y nos vemos, yo sentado en la bancada de cubierta y él acomodado en un sillón blanco, sereno y transmitiendo sensación de seguridad. Nadie dudaría al verle que es el dueño y capitán del barco.
Pero lo substancial de estos sueños es el fondo emocional que yo percibo: una gran tranquilidad que le observo y la relajada e íntima satisfacción que ambos sentimos en nuestros encuentros y aparentes
charlas, sobre las que no recuerdo
nada. Y digo
'aparentes' porque me da la impresión
que no se trata de olvido, como frecuentemente suele suceder con muchos sueños, sino
que no se producen de forma verdadera; aunque movamos los labios y gesticulemos acordemente dando esa inequívoca apariencia de diálogo. Lo que en realidad persigue el sueño es la satisfacción emocional de fondo, y para ello no necesita las palabras, le basta con generar la imagen circunstancial del encuentro para que nuestros respectivos sentimientos se me proyecten; y a mí, que soy el creador inconsciente, a la vez que espectador y actor, me invadan emotivas sensaciones de una realidad ya imposible. Ahora va a hacer cuatro meses que mi padre falleció.
Todo esto parece algo normal partiendo del hecho de su muy reciente fallecimiento y de nuestro respectivo cariño. Aunque tampoco es precisamente el escaso tiempo transcurrido causa fundamental para el desarrollo de un sueño de este tipo. A día de hoy sigo soñando con personas que fallecieron o que no veo desde hace años; familiares, amigos o simples compañeros de trabajo o aficiones. Es suficiente que, de alguna manera y a través de vivencias
conjuntas, se generara en aquellos trances una conexión emocional; simpatía, cariño…
cierta sensación que
se escribe de forma
química en algún compartimiento
de nuestro cerebro subconsciente. Esto es sobre lo que parece que tenemos certeza
en cuanto al misterioso proceso de los sueños, que están relacionados con aspectos emocionales de nuestra particular existencia.
Muchas experiencias nos hablan también de sueños
premonitorios, de sueños que son como avisos de personas queridas, o incluso desconocidas, advirtiéndonos de un peligro para nosotros o para ellas mismas.
Charles Berlittz nos cuenta en
El mundo de lo insólito algunas de estas extraordinarias experiencias. Por ejemplo, de la señora Ruth
Ammer, que durante el sueño de una siesta tuvo la pesadilla de ver cómo un ladrón asesinaba a su marido en la tienda de su propiedad y luego lo encontró efectivamente muerto por unos atracadores.
También sabemos de sueños que son mensajes, unas veces clarísimos y otras encerrados en más o menos complicados jeroglíficos, para la solución de problemas que nos preocupan intensamente. Tal intensidad es lo que empuja la cuestión al ámbito de lo emocional en nuestra mente y —esto es para mí lo más sorprendente y maravilloso—, de alguna mágica manera, el subconsciente encuentra y nos transmite, bien una pista hacia su solución o bien la solución completa. Einstein hablaba de cierto sueño que le inspiró en el desarrollo de la teoría de la relatividad, en el cual se vio cabalgando sobre un rayo (velocidad de la luz) por el espacio.
Particularmente tengo sueños de casi todo tipo, y creo poder confirmar que estos misterios del subconsciente siempre están enraizados de alguna manera con nuestras emociones. A veces, como decía, su interpretación es fácil y otras muy complicada, pero lo que casi siempre resulta difícil es distinguir, por ejemplo, si el sueño es realmente un mensaje premonitorio o solo el reflejo emocional de ilusiones, añoranzas o temores. La señora Ammer, como la mayoría de las personas cuando tienen pesadillas similares, no fue inmediatamente después de despertarse
a visitar a su marido, lo hizo varias horas después al comprobar su tardanza. ¿Qué habría pasado si, confiando en la posibilidad de que el sueño fuera un aviso, se hubiera dirigido a la tienda a advertirle? ¿Le habría hecho caso él?... Suponiendo que la creyera, ¿qué podían hacer?: cerrar el local o avisar a la policía para prevenir el asalto. Pero ¿la policía tomaría en serio la alerta de un sueño?... Seguramente que no; incluso quizá su marido tampoco, permitiendo así la posibilidad de que ella también fuera asesinada.
Esto es lo complicado, los sueños no se presentan con
'etiqueta de autenticidad'.
Cuando viajo por carretera no suelo sentirme seguro si el conductor no soy yo. En cierta ocasión tuve un sueño en el que veía cómo el autobús en el que yo era pasajero caía por un terraplén. Y unos días más tarde me vi en la obligación de emprender un largo viaje, del sur al norte de España, precisamente en autobús. Contuve el temor de mi sueño e inicié el viaje. Aproximadamente
dos horas después, tras un recorrido de ciento cincuenta kilómetros, el vehículo —desde mi perspectiva— se balanceó anormalmente al tomar una curva. Me alarmé, la pesadilla se hizo dueña de mí y decidí abandonar el autobús en la siguiente
estación, una pequeña población desde donde la
combinación para resolver mi viaje en tren necesitaba
extraños recorridos y transbordos. Tardé casi veinticuatro horas en hacer el trayecto pendiente, que se
hubiera resuelto en siete de no abandonar mi ruta
inicial. Al día siguiente examiné las páginas de sucesos de la prensa para comprobar si mi pesadilla se había convertido en una desgraciada realidad. Pero no hubo accidente, el autobús que abandoné hizo el viaje sin
contratiempos.
La señora Ammer
y yo nos equivocamos en la interpretación de sueños
similares, aunque con resultados bien distintos a los
supuestos mensajes. En mi caso se trataba tan solo
del reflejo de cierto temor personal, pero en el suyo,
de un aviso verdadero… ¿Cómo saber con certeza a qué
atenerse tras el próximo sueño que nos envuelva en
algún peligro?
No soy
muy aficionado a los juegos de lotería, pero en un par
de ocasiones me desperté recitando en voz alta una
serie de números que enseguida anoté y me apresuré a
buscar, con gran esfuerzo, en todas las
administraciones del país (entonces no se vendía
lotería por Internet, hoy esto es fácil). En ambos
casos conseguí los números soñados; y en ambos casos
también, se sucedió un curioso resultado: todas las
cifras eran correctas, estaban en los números
premiados, ¡pero colocadas orden diferente!
Es
cierto que existen los sueños premonitorios, pero lo
más frecuente es que la mayoría de nuestros sueños
representen ilusiones, deseos contenidos o conflictos
emocionales de cualquier tipo. El subconsciente, entre
otras y misteriosas cosas, parece ser un guardián de
nuestro equilibrio emocional. Permitiendo, con su
extraña inventiva y curiosas historias, ayudarnos a
sobrevivir eliminando ansiedades que consigue
desahogar con particular destreza. Un ejemplo de su
habilidad para resolver conflictos y devolver armonía
interna podemos verlo en el relato del siguiente
sueño:
Un caballero de gran educación y formación
moral sueña
que su secretaria mantiene relaciones con un íntimo
amigo de él… Se trata de una historia aparentemente
ajena, pues aunque se construya en su mente con
personajes cercanos, él parece que no forma parte de
la misma. ¿Qué sentido y necesidad puede tener, pues,
para sí mismo la representación de este curioso
romance que se le presenta?... Esta es la
interpretación real: es él quién desea el romance con
su secretaria; pero está casado, y la conciencia no le
permite esa licencia. Supera la tentación, obedece a
su moral y el comportamiento con la secretaria es
impecable, no se sucede nada de particular entre ellos, la relación profesional transcurre con respeto
y normalidad. Pero el deseo subyace contenido y es un
riesgo potencial de futuros desequilibrios. El
subconsciente, alarmado, actúa creando una película
cuya intima vivencia a través del sueño supone un
desahogo de la ansiedad: vuelca ese deseo contenido,
peligroso para su moral y su vida, en la persona del
íntimo amigo; y el romance se consuma en la vivencia
emocional del sueño sin perturbar la propia
conciencia, liberando al soñador de una angustia que,
de mantenerse mucho tiempo, podría serle dañina.
Los
sueños son una de las técnicas más sofisticadas de
nuestra herramienta fundamental de supervivencia: el
cerebro. Cuyas amplias posibilidades son todavía, en
buena parte, un gran misterio, una rica selva de
recursos para la vida; en la cual, los sueños intentan
compensar la angustia de una realidad imperfecta, la
desazón por nuestras carencias, errores, defectos,
añoranzas, ilusiones y esperanzas…
Mi padre se
presenta en mis sueños impecablemente vestido,
disfrutando de una lujosa y tranquila vida que se
refleja en su actitud, en escala de una navegación que
es el eterno viaje de placer de su nueva existencia. Y
se me aparece así porque esa es la forma más acorde
que el subconsciente ha encontrado entre los recursos
de mi mente para, de alguna manera, hacer realidad mi deseo de que él, allá dónde esté, en esa otra
desconocida dimensión, se encuentre bien y feliz. Y,
como en el antiguo cine mudo, crea una película sin
sonidos, de conversación sorda, para evitar, como ya
ocurriera en la vida real, que nuestra tan diferente
manera de pensar rompa la armonía del encuentro
distorsionando la percepción emocional; para que las
palabras no se interpongan entre nuestros
sentimientos.
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